En el camino de regreso, el teléfono de Diego no dejaba de parpadear con actualizaciones en tiempo real sobre el incendio en la Casa de la Manada Garra de Plata, las notificaciones casi ocupaban toda la pantalla.
El alfa estaba visiblemente alterado, su agarre al volante era tan fuerte que las venas se le marcaban. Su lobo, inquieto y agitado, presionaba contra los límites de su control.
Se saltó innumerables semáforos en rojo, el motor rugía mientras pisaba el acelerador a fondo.
—Más rápido —g