El pasillo estaba sumido en un silencio inquietante, como si hasta el aire se hubiera congelado en su lugar.
Diego apretó el teléfono con fuerza, su voz estaba cargada de ira. —¿Has perdido la cabeza? ¿Cómo te atreves a maldecir a mi reina luna?
Valentina, que estaba cerca, captó la voz del teléfono, y un fugaz destello de alegría brilló en sus ojos, pero rápidamente se puso su máscara de falsa preocupación.
—Diego, no te alteres —le susurró con voz melosa, deslizando una mano sobre su brazo—. D