Alba colgó el teléfono temblando. No de miedo, sino de una mezcla confusa de emociones que le apretaban el pecho. Rabia. Dolor. Y, en lo más profundo, una chispa inexplicable de satisfacción. Massimo estaba celoso. Ridículamente celoso.
Se dejó caer sobre el sofá, frotándose el rostro con ambas manos. ¿Por qué una parte de ella quería sonreír? ¿Por qué ese arranque teatral de Massimo la hacía sentirse viva, vista, como si por fin él reaccionara? ¿Y por qué no bastaba?
—No, no —murmuró para sí—.