El día había amanecido con una calma engañosa. Alba no había cerrado los ojos en toda la noche, y la decisión que había postergado tanto tiempo la golpeaba con una crudeza insoportable: no podía mantener al bebé más tiempo en el hospital. Había firmado los papeles con la mano temblorosa, sabiendo que cada trazo de tinta significaba arriesgarse a que la verdad saliera a la luz. Al llegar a la casa de la colina, los niños la recibieron con los ojos brillantes, corriendo hacia ella como si intuyer