Massimo entró por la puerta del apartamento como un huracán domesticado. El chofer apenas tuvo tiempo de dejar su maleta antes de que él avanzara con paso firme hacia la sala, donde Lia, recostada en el sofá con una manta perfectamente doblada sobre las piernas y un té humeante en las manos, suspiró al verlo.
—Massi —susurró con voz apenas audible—. Viniste… estaba asustada, de la nada me… desmayé.
Él frunció el ceño. El médico le había dicho por teléfono que Lia estaba atravesando un cuadro de