Llegó a la dirección que Pietro —el jefe de seguridad— le había dado y aseguraba que allí trabajaba Kelly. Bajó, se colocó las gafas de sol y observó el entorno.
Un desgastado letrero le daba la bienvenida y una entrada tan anticuada jamás llamaría la atención de más clientes.
Miró su reloj: aún no era la hora de salida de ella; faltaba poco. Así que decidió sorprenderla esperando en una de las mesas más alejadas. Si le gustaba verlo allí o no, ya no era su problema.
Ingresó al establecimiento.