XXXXVIII B

Llegó a la dirección que Pietro —el jefe de seguridad— le había dado y aseguraba que allí trabajaba Kelly. Bajó, se colocó las gafas de sol y observó el entorno.

Un desgastado letrero le daba la bienvenida y una entrada tan anticuada jamás llamaría la atención de más clientes.

Miró su reloj: aún no era la hora de salida de ella; faltaba poco. Así que decidió sorprenderla esperando en una de las mesas más alejadas. Si le gustaba verlo allí o no, ya no era su problema.

Ingresó al establecimiento.
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