Al día siguiente, Valentino se levantó con resaca. El mareo y el dolor de cabeza nublaban su mente. Apenas sabía con certeza dónde estaba y destellos sobre como terminó abriendo botellas.
Se pasó la mano por la cara y colocó sus dedos —el índice y el pulgar— sobre sus ojos para masajear las órbitas que parecían arder ante el contacto con la luz.
Trató de despejar su mente duchándose con agua fría y con la receta que conocía: tomando tres tazas de café intenso sin azúcar. Ni siquiera recordaba q