Jeremías la sostuvo con fuerza impidiendo que ella se fuera, pero también con miedo a que se quedara. Sabía lo que ocurriría si eso pasaba.
Podía sentir su cuerpo sobre él. Sentir su peso, su calor, el perfume de su piel, su aliento tibio. Todo lo que había estado evitando, finalmente estaba sucediendo.
Sin embargo, una voz interior, le hizo cambiar de opinión. “Suéltala”, se dijo a sí mismo. Pero no pudo. Realmente no lo deseaba. Apretó la mandíbula. Cerró los ojos un segundo. Su mano seguía