Esa misma mañana, a kilómetros de allí, Arquímedes se encontraba asomado en la ventana de la pequeña vivienda que encontró para resguardarse junto a Miguel. Sacó la cajetilla de su bolsillo, tomó un cigarrillo y lo encendió. Dio el primer jalón y el humo se esparció en el aire. A ratos volvía el rostro para ver que su hijo estuviera cómodo en el sofá cama que había improvisado.
Aquella situación era incómoda para ambos, pero era necesaria. Con los Fontanelli cerca, siempre era necesaria. Par