Una vez dentro del apartamento, Macarena se dirigió a su dormitorio, mientras Jeremías se acomodaba en el sofá de dos puestos. Aunque intentara quitarle foco a sus pensamientos, la imagen de su rostro, sus labios entreabiertos, su aliento tibio y esa mirada que parecía decirlo todo, sin decir nada, aparecía en su mente, una y otra vez.
—Eso no puede ser —murmuró en voz baja, sacudiendo la cabeza de un lado a otro, en señal de negación.— No puedo hacerle esto a Carol.
Macarena, tomó el bolso d