Giselle terminó de ducharse. Se sentó en el borde de la cama y mientras se colocaba la crema humectante en sus piernas, pensó en que ahora que su aliado ya no quería seguir con el plan, tendría que hacerlo sola.
—¡Qué lástima, Lucas! Tan buen amante que eres. —suspiró—. Pero estoy donde necesito estar. Cerca de mi Jeremías.
Terminó de perfumarse el cuerpo, sacó de su maleta una bata de seda de encajes, color rojo y se la puso.
—Es hora de actuar —murmuró.
Salió de la habitación. Todo estaba