Frente a ella estaba Aníbal.
Vestía aún la misma ropa de aquella mañana.
Su cabello estaba ligeramente despeinado, el rostro endurecido y los ojos enrojecidos, como si hubiera pasado horas peleando consigo mismo.
Elise quedó inmóvil.
—¿Tú...? ¿Qué haces aquí?
No esperó una respuesta.
Intentó cerrar la puerta, pero Aníbal colocó la mano en el marco antes de que pudiera hacerlo.
—Necesitamos hablar.
—No.
Empujó con fuerza la puerta.
Él resistió el movimiento.
—Solo serán unos minutos.
—No quiero