Los dedos de Omar se cerraron alrededor del brazo de Samyra con una fuerza inmediata, casi instintiva, como si el control de la situación dependiera de no dejarla escapar ni un segundo.
Su rostro se endureció al instante, y la rabia que llevaba contenida desde hacía tiempo terminó de estallar en su mirada.
—¿Samyra, por qué te atreves a acusarme de algo así? —su voz salió baja, pero cargada de una tensión peligrosa—. No soy infiel. ¿Cómo quieres que te lo demuestre?
Samyra sintió el dolor en el