Malik la tomó delicadamente en sus brazos, sintiendo la frágil firmeza de su cuerpo contra el suyo, y la llevó hacia la cama.
La recostó con suma suavidad sobre las sábanas, como si sostuviera un tesoro frágil que temía romper, antes de dejarse caer sobre ella.
Los besos de Malik no tardaron en volver a encender su piel.
Eran caricias ardientes, hambrientas y profundas que descendían por su cuello y sus hombros, desencadenando una corriente eléctrica en cada rincón del cuerpo de Inaya.
Ella no