El automóvil de Tariq se detuvo bruscamente frente a la entrada principal del palacio Al-Sabah. Apenas el motor dejó de rugir, abrió la puerta con violencia y descendió casi corriendo.
Su respiración era agitada.
La imagen de Hasret vestida de novia seguía clavada en su mente como una daga.
No podía aceptarlo. No quería aceptarlo.
Ella no podía pertenecer a otro hombre.
Mucho menos a Murad.
Subió las escalinatas de mármol de dos en dos, ignorando las miradas sorprendidas de los guardias y de los