Al día siguiente, la luz de la mañana entraba suavemente por las ventanas del hospital.
Omar ya no estaba conectado a tantos monitores como la noche anterior.
Su cuerpo seguía débil, pero el médico había sido claro: podía continuar el tratamiento desde casa bajo estricta supervisión.
Aun así, su rostro seguía pálido.
Cansado. Demasiado consciente de todo lo que estaba ocurriendo en su vida al mismo tiempo.
El doctor cerró la carpeta clínica y lo observó con seriedad profesional.
—Está estable,