—¡Usted no entiende!
Las lágrimas corrían sin control por el rostro de Nassira.
El viento agitaba su cabello mientras permanecía a pocos pasos del vacío.
—Mi esposo me odia... —sollozó—. Soy una mala persona. No puedo darle hijos a nadie. No sirvo como mujer. ¿Qué valor tengo? ¡No tengo ninguno!
Intentó apartarse. Intentó volver a acercarse a la cornisa.
Pero el médico la sostuvo con firmeza.
No con violencia. No con brusquedad. Simplemente se negó a dejarla caer.
—Mírame.
—No.
—Mírame, por favo