—El señor tiene fiebre. Llévenlo a la villa.
La voz de Samyra rompió el silencio como una orden urgente.
El aire en el pasillo se volvió denso cuando varios hombres lo levantaron con cuidado.
Omar apenas podía sostenerse; su cuerpo se sentía pesado, vencido por la fiebre y el dolor.
La piel húmeda, el rostro pálido, los labios entreabiertos.
Samyra fue detrás sin esperar a nadie.
No pidió permiso. No preguntó.
Subió al segundo vehículo y durante el trayecto no apartó la mirada de la ventana, aun