Samyra sonrió, pero no había calidez en esa sonrisa.
—No sé de qué hablas, Samyra —dijo Nayla, con una voz que intentaba parecer firme, aunque temblaba en los bordes—. No entiendo por qué me odias tanto… pero yo sé que Omar solo quiere salvarme.
La frase cayó en la habitación como una piedra mal colocada.
Samyra exhaló despacio.
El cansancio no era físico, era algo más profundo, algo que le apretaba el pecho desde hacía horas.
—Entonces ahí lo tienes —respondió al fin, sin levantar la voz—. Es t