- Charles Schmidt
Tomé a mi hijo entre mis brazos, con cuidado, como si sostuviera un pedazo de mi propio corazón. Le acaricié el cabello y le dije con ternura:
—Vamos adentro, ya es tarde y necesitas cambiarte.
Le sonreí y, para mi sorpresa, él también me escuchó. Caminamos juntos hacia la casa. Al llegar a la entrada, vía Rebeca. Estaba de pie, observándonos. Tenía los ojos llenos de lágrimas. No decía nada, pero su expresión hablaba por ella: mezcla de alivio, nostalgia y tal vez algo de dol