– Charles Schmidt
Me quedé allí parado, sin moverme, como si mi cuerpo fuera solo una sombra sostenida por los hilos invisibles de lo que alguna vez fuimos. Ella levantó la mirada. Sus ojos seguían húmedos, pero ya no había rabia. Solo resignación. Cansancio. Y una firmeza que me partió el alma.
—Charles… déjame ser feliz —susurró con voz baja, pero firme—. Te dejaré ver a los niños. Tienes razón. Eres su padre.
Sus palabras me atravesaron como un punal. No hubo promesas, ni caricias, ni lugar