– Rebeca Miller
La fiesta había terminado.
Mientras me levantaba de la silla, sentí la calidez de la mano de Julián entrelazando sus dedos con los míos. Lo miré y él me sonoro con esa ternura que comenzaba a inquietarme. Caminamos juntos hacia la salida, donde Rosa y José aún estaban conversando con algunos invitados.
—Ya se van? —preguntó Rosa, mirándome con atención.
—Sí, ya es hora —respondí con una sonrisa amable—. Mañana tengo que madrugar… los niños tienen colegio y yo debo ir a la empres