Extendí los brazos.
Sentí el aire acariciar mi piel, como una caricia que no pedí pero que necesitaba. Moví las caderas con suavidad, dejándome llevar por la música, por el suspiro de las cuerdas que parecía entenderme mejor que nadie. Mis curvas hablaban. Mis gestos gritaban todo aquello que mis labios nunca se atrevieron a decir.
Y no lo supero.
No sentí su presencia.
Pero él estaba allí.
Charles Schmidt.
De pie, en el umbral, como un ladrón de recuerdos, con la mirada clavada en mí, como si