Las niñas ya estaban allí. Diez pequeñas en fila, de distintas edades y niveles, con leotardos rosados, moños desordenados y caritas expectantes. Algunas me sonrieron al verme entrar. Otras, más nuevas, me miraron con timidez. Me quité la blusa blanca que cubría mi conjunto de danza: un enterizo negro cómodo, sin mangas, que me permitía moverme con facilidad.
Me paré al frente, tomé el control remoto del equipo de sonido y habló con voz firme pero amable:
—Muy bien, señoritas… acomódense en sus