Llegué al club con la respiración agitada y los pensamientos revueltos.
Estacioné el auto de mamá en el mismo lugar de siempre. Tomé mi bolso, cerré con fuerza la puerta y caminé hacia el vestíbulo, sin mirar a nadie.
Ya era tarde.
Lo sabía.
Me puse el uniforme de inmediato: la clásica falda negra, la camisa blanca de manga larga y ese pañuelo rojo que adornaba mi cuello con un lazo perfecto. Un intento inútil de elegancia en medio de la tensión que cargaba por dentro.
Apenas salí al pasillo pr