El despacho estaba en penumbras, iluminado únicamente por el resplandor azulado de los monitores de seguridad. Llevaba horas revisando las grabaciones de las cámaras de la casa, una y otra vez, buscando un detalle, un error, un rostro que se me hubiera pasado por alto en la primera, segunda o décima visualización. Mis ojos ardían, secos y arenosos por la falta de parpadeo, pero no podía detenerme. Ver el momento exacto en que mis hijos fueron arrancados de su hogar era una tortura masoquista, p