El despacho estaba en penumbras, iluminado únicamente por el resplandor azulado de los monitores de seguridad. Llevaba horas revisando las grabaciones de las cámaras de la casa, una y otra vez, buscando un detalle, un error, un rostro que se me hubiera pasado por alto en la primera, segunda o décima visualización. Mis ojos ardían, secos y arenosos por la falta de parpadeo, pero no podía detenerme. Ver el momento exacto en que mis hijos fueron arrancados de su hogar era una tortura masoquista, pero necesaria. Tenía que haber algo.
De repente, el mundo se inclinó.
Un dolor agudo, punzante, estalló detrás de mis ojos, como si alguien hubiera clavado un picahielo en mi cráneo. Solté el ratón y me llevé ambas manos a la cabeza, apretando las sienes con fuerza, tratando de contener la explosión interna. Un zumbido agudo llenó mis oídos, ahogando el zumbido del aire acondicionado.
—No... no... —gemí, cerrando los ojos con fuerza—. Ahora no. Tienes que dejarme en paz. No tengo tiempo para est