Charles seguía observando la flor destrozada bajo mi zapato. Sus labios se curvaron apenas, como si estuviera a punto de decir algo… pero no se atrevía. Tal vez porque sabía que cualquier palabra sería insuficiente. O tal vez porque, por primera vez, comprendió lo que había hecho.
El silencio entre nosotros se volvió denso, incómodo, pero yo no lo rompí.
Entonces sentí otra presencia detrás de él. Firme. Respetuosa.
—Rebeca… —La voz de don Augusto me rodeó con ese tono paternal que tantas veces