– Rebeca Miller
Había pasado una semana desde la muerte de mi padre.
La casa olía a incienso, a silencio, a una ausencia que no sabía dónde poner. Vivía ahora con mi madre. Ella no quiso que la dejara sola... y cómo hacerlo, si ahora éramos todo lo que nos quedaba la una a la otra. Me senté frente a su escritorio, en la oficina que antes era de él. Una parte de mí aún esperaba que abriera la puerta, con ese aroma a colonia amaderada que siempre lo acompañaba, preguntándome por los niños o si ya