Aiden Schmidt
El reloj de la sala marcaba cada segundo con un tic-tac que sonaba como golpes de martillo en mi cabeza. Yo estaba apostado junto a la ventana del salón principal, escondido detrás de la pesada cortina de terciopelo, dejando solo una rendija para que mi ojo pudiera vigilar el jardín.
Papá se había ido. Mamá había salido corriendo con la cara pálida. Y nosotros, el "Equipo Schmidt", estábamos solos defendiendo el fuerte.
Desde mi posición, vi algo que hizo que se me erizaran los pe