Salimos de la imponente mansión Schmidt bajo un sol que parecía burlarse de la tormenta que llevábamos dentro. Charles caminaba delante, llevando la pequeña maleta de Andrés, mientras el niño lo seguía de cerca, como una sombra recelosa que teme desaparecer si se aleja demasiado de su fuente de luz.
Al llegar al coche, Charles abrió la puerta trasera, un gesto automático de costumbre. Yo estaba a punto de subir cuando la voz de Andrés, aguda y posesiva, rompió el protocolo.
—¿Puedo ir adelante