— ¿Vas a comer algo más, hijo?
La voz de mi padre me sacó de mis pensamientos. Frente a mí, el desayuno estaba servido: huevos revueltos, pan tostado, frutas y una taza de café que aún sostenía entre las manos.
Negué con la cabeza, distraído.
—No, papá. Esto está bien —murmuré, llevándome la taza a los labios.
El silencio se alargó unos segundos. Solo se oía el leve sonido del reloj de pared marcando los minutos y el suave crujir del periódico que mi padre hojeaba, aunque sé que no leía realmen