—Estuviste cerca, amiga —dijo Rosa, con una media sonrisa nerviosa.
Asentí lentamente. Saliva tragué. Mis piernas temblaban. Sentía que el mundo giraba más rápido de lo normal.
—Tengo que irme —dije en un susurro, apenas audible. Mis ojos se fijaron en mis hijos, aún jugando, ajenos a todo. Luego miré a Rosa—. No puedo quedarme más tiempo aquí.
Rosa me tomó del brazo antes de que pudiera moverme.
—¿Hasta cuándo vas a estar huyendo de Charles, Rebeca? —me preguntó con firmeza, su mirada llena de