— Amelia
El apartamento estaba en silencio, salvo por el leve tintineo de la copa contra la madera cuando la dejé sobre la mesa. Caminaba de un lado a otro con el tacón marcando el compás de mi impaciencia; la ciudad, al caer la tarde, se veía como una maqueta desde mi ventana: luces diminutas, vidas que seguían adelante sin saber nada de lo que yo tramaba aquí dentro. Respiré hondo y apreté la copa entre los dedos hasta que el cristal me mordió la piel.
—¿Cómo se atreve esa mujer a hablarme as