— Rebeca Miller
La puerta de la habitación se abrió lentamente, dejando entrar el suave olor a desinfectante y el zumbido de las máquinas que marcaban los latidos de su corazón.
Di un paso dentro y mi respiración se entrecortó al verlo. Charles estaba allí, tendido sobre la cama, con el rostro pálido y los labios resecos. Su frente mostraba un pequeño vendaje y en su mejilla aún quedaban rastros de moretones. Se veía tan frágil, tan distinto al hombre imponente que siempre había conocido.
Me a