— Charles Schmidt
Desperté con la garganta áspera y una niebla en la cabeza; el olor a hospital me toma por sorpresa, como si fuera un mundo aparte. Parpadeé y lo primero que vi fue a Rebeca: de pie junto a la cama, hablando por teléfono con una voz que intentaba mantenerse firme. La observé sin hacer ruido; la escuché pedir a Viktor ayuda para encontrar a mi hijo, y una sonrisa —torpe, culpable— se dibujó en mi rostro.
Rebeca siempre tuvo ese instinto para cuidar a los demás. La vi allí, preoc