— Rebeca Miller
Estoy sentada en la sala con la taza de café todavía humeante entre las manos; el vapor sube y se enreda con los últimos pensamientos que no consigo ordenar. Mi madre me mira desde su sillón, la mirada tejida de años y de certezas que a veces duelen más que consuelan. —Hija —dice despacio—, te noto triste. No deberías desconfiar si Charles te pidió que fueran felices y que confiaras.
Le devuelvo la mirada y siento que me falta aire. Su voz es un bálsamo y, al mismo tiempo, una