— Rebeca Miller
De repente me levanté.
Me solté de su agarre con un movimiento brusco y caminé hacia la ventana. Necesitaba aire. Necesitaba distancia.
Apoyé mis manos sobre el marco y observé el reflejo tembloroso de mi rostro en el cristal.
—Habla de una vez, Charles —dije con frialdad, sin girarme—. Pero quiero que sepas algo: nada de lo que digas va a hacerme cambiar de opinión. Tú y yo nunca volveremos a estar juntos.
Mi voz salió tan firme, tan helada, que por un instante ni yo misma pude