– Rebeca Miller
El silencio de la habitación era tan profundo que podía escuchar la respiración pausada de mi hija. Eva, por fin, había caído rendida en los brazos del sueño. Sus mejillas aún conservaban un leve rubor, y en sus labios se dibujaba una sonrisa tranquila, como si en sus sueños todavía estuviera con nosotros, riendo y creyendo que algún día seríamos una familia unida.
Me quedé un largo momento observándola. Cada vez que la miro dormida, siento que el mundo se detiene, pero al mismo