Isabella
El consultorio de Mara huele a té de manzanilla y a algo más que no sé nombrar. Quizá a seguridad. Quizá a verdad.
Siempre que entro aquí siento que bajo la guardia, como si este lugar tuviera permiso para desarmarme sin pedirme explicaciones. Me quito el abrigo, lo doblo con cuidado y lo dejo sobre la silla. Mara me observa en silencio, como siempre, con esa calma que no juzga pero tampoco deja escapar nada.
—Te noto distinta —dice al fin—. No mal. Distinta.
Me siento frente a ella, cruzo las piernas, descruzo. No sé por dónde empezar, y eso ya es una respuesta.
—Ryan se fue de viaje —digo.
Mara asiente despacio.
—¿Cómo te hace sentir eso?
Respiro hondo.
—Aliviada… y culpable.
—Háblame de la culpa.
Me froto las manos, miro mis dedos. Hay marcas que ya no están, pero mi piel aún las recuerda.
—Porque cuando él no está, yo… descanso —confieso—. Y eso me hace sentir horrible. Es como si desear su ausencia fuera una traición.
Mara no se sorprende. Nunca lo hace.
—Isabella, eso n