Isabella
El consultorio de Mara huele a té de manzanilla y a algo más que no sé nombrar. Quizá a seguridad. Quizá a verdad.
Siempre que entro aquí siento que bajo la guardia, como si este lugar tuviera permiso para desarmarme sin pedirme explicaciones. Me quito el abrigo, lo doblo con cuidado y lo dejo sobre la silla. Mara me observa en silencio, como siempre, con esa calma que no juzga pero tampoco deja escapar nada.
—Te noto distinta —dice al fin—. No mal. Distinta.
Me siento frente a ella, c