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Capítulo 8: Preludio de una Fuga

Capítulo 8: Preludio de una Fuga

Valentina, como un fantasma escapado del infierno, llegó tambaleándose al parque. Encontró un rincón oculto, se deslizó contra una fría pared de tierra y entonces, solo entonces, comenzó a temblar incontrolablemente. El polvo del ducto se le pegaba a la piel. El rostro pálido de Diego y las palabras gélidas de Matías se alternaban en su mente.

Había tenido éxito, y sin embargo, sentía un fracaso absoluto. Había colocado el dispositivo, tomado el reloj, incluso escuchado el plan de asesinato, pero Diego seguía en esa celda de muerte, su vida pendiendo de un hilo.

Con manos temblorosas, sacó el reloj. No veía diferencia alguna con uno normal. Intentó todo lo que se le ocurrió para activarlo. Nada. El tiempo apremiaba. No podía perder más minutos en su curiosidad.

En ese momento, su teléfono vibró. Un número desconocido. Su corazón se encogió. Dudó, luego respondió.

"Señorita Yagua." Era la voz de Agustín, cargada de una ansiedad contenida. "¿Está bien? Vi los registros del monitor. Sigue con vida, pero su estado es crítico."

"Tengo su reloj," dijo Valentina rápidamente. "¡Y hay más! Matías planea trasladarlo mañana. ¡Quieren causar un 'accidente' en el camino, que parezca una falla orgánica!"

Del otro lado de la línea, un silencio sepulcral. Luego, el sonido de Agustín conteniendo la respiración. "¿Mañana? ¡¿Tan pronto?!" Su voz tembló con un dejo de desesperación. "Escuche, no tenemos tiempo. Matías descubrirá pronto el reloj faltante y la anomalía en las cámaras. Buscarán a alguien sospechoso. ¡Usted es un blanco fácil ahí!"

Como para confirmar sus palabras, desde el hospital llegó el chirrido de frenos y una conmoción de pasos apresurados.

Valentina alzó la vista y su corazón se hundió. Varios SUV negros sin identificación se detenían frente al hospital. Hombres corpulentos con chaquetas negras bajaban y se dispersaban rápidamente por los alrededores.

¡Ya estaban aquí!

"¡Vienen por mí!" gritó bajito en el teléfono, su voz distorsionada por el pánico.

"¡Aléjese! ¡Ahora!" La voz de Agustín era cortante. "¡Por la puerta trasera, salte la cerca! ¡Vaya a la Terminal Sur! ¡Tome el primer bus hacia Puerto Montt! ¡Yo me encargaré de sacarlo! ¡Rápido!"

La llamada se cortó de golpe.

Valentina no lo dudó. Agarró su mochila —con algo de dinero, sus documentos y algo de ropa, todas sus posesiones—, guardó el reloj de Diego en su ropa interior y corrió hacia la puerta trasera del parque que daba a un callejón lleno de contenedores de basura.

Agachada, usando la noche y los basureros como escudo, corrió desesperada hacia el otro extremo del callejón. Su tacón se torció; se quitó los zapatos y siguió descalza sobre el suelo frío y sucio. El dolor y el asco la invadían, pero no se detuvo.

La noche santiaguina nunca le había parecido tan larga y peligrosa. Era como una liebre acosada por perros de caza, escurriéndose por callejones, evadiendo un destino incierto.

Cada sirena lejana le hacía saltar el corazón.

Finalmente, vio las luces de la Terminal Sur. Por suerte, aún estaba abierta. Mezclándose con la multitud, compró un boleto para el próximo bus nocturno con destino al sur. Ni siquiera conocía el nombre del pueblo de destino.

Sentada en la última fila del vehículo viejo y desvencijado, que olía a sudor y comida barata, Valentina se encogió, enterrando el rostro entre sus rodillas. El autobús arrancó lentamente, dejando atrás un Santiago iluminado pero plagado de peligros.

Miró la oscuridad que huía por la ventana, apretando el reloj caro en su mano. Ahora era una fugitiva, cargando un secreto, rumbo a un sur desconocido.

Y justo cuando el bus salía de la terminal, su viejo teléfono recibió un mensaje corto del número encriptado de Agustín:

**«Los idiotas no ven el valor de los datos. Rechazaron el intercambio. Saben que alguien entró a la suite. No hay policía aún, pero usarán su seguridad privada. EXTREMA PRECAUCIÓN. Mantente en contacto. A.»**

¡El plan de usar los datos como palanca había fallado! ¡Toda su aventura había sido en vano! ¡Diego quizás no sobreviviría la noche!

Valentina cerró los ojos. Lágrimas silenciosas resbalaron por sus mejillas. Había huido de Santiago, pero no podía escapar de la abrumadora culpa ni de la preocupación por el destino de ese hombre. Esta fuga, desde su inicio, estaba teñida de desesperación.

**(Fin del Capítulo 8)**

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