Capítulo 10: Los Guardianes Silenciosos
La "muerte" de Diego se posó como una niebla espesa sobre el pueblo de Puquén, congelando el corazón de Valentina. Cayó en un silencio profundo, pasando sus días en la pequeña habitación trasera de la clínica, como un cascarón vacío. Eva la observaba con preocupación, incapaz de penetrar el hielo que la rodeaba.
Varias noches después, un sonido leve y repetitivo despertó a Valentina. No era en la puerta, sino en el cristal de su ventana.
El corazón le dio un vuelco. El miedo la paralizó. ¿Los hombres de Matías los habían encontrado?
Temblorosa, se acercó a la ventana y descorrió una esquina de la cortina. A la luz de la luna, vio la figura de un hombre empapado y cubierto de lodo — ¡era Agustín Ibor! Sin sus lentes de oro, su traje caro, arrugado y sucio, con cortaduras en el rostro. Pero sus ojos ardían como ascuas, brillando con ferocidad en la penumbra.
Valentina abrió la ventana de golpe.
"¡Abogado Ibor! ¿Usted...?"
"¡No está muerto!" La inte