10

RAINA

El trayecto fue corto, pero con cada minuto que pasaba sentía cómo mi corazón comenzaba a acelerarse.

Las manos se me humedecieron.

Mi mente daba vueltas sin parar.

¿Por qué nos dirigíamos hacia allí?

No fue hasta que el coche se detuvo frente a la entrada del hospital cuando el miedo se instaló de verdad dentro de mí.

Frío.

Implacable.

—¿Qué significa esto? —exigí, sujetándolo del brazo cuando bajó del coche. Mi voz apenas era un susurro tembloroso.

Se sentía como otra traición.

Me sostuvo la mirada.

Un destello burlón brilló fugazmente en sus ojos oscuros.

—Querías verlo, ¿no? —Su voz era desesperantemente tranquila, fría y distante—. Entonces sígueme.

El olor estéril del desinfectante me golpeó en cuanto cruzamos las puertas del hospital.

Cada paso pesaba más que el anterior.

Mi corazón latía con tanta fuerza que casi ahogaba cualquier otro sonido.

Podía sentir la presencia de Alexander a mi lado.

Inquebrantable.

Impasible.

¿Cómo podía permanecer tan indiferente?

Entonces llegamos a la habitación.

La imagen que encontré destrozó el poco control que aún conservaba.

Allí estaba mi hijo.

Tan pequeño.

Tan frágil.

Acostado en una cama de hospital.

Mi hermoso y precioso Liam.

Una máquina emitía un pitido constante a su lado.

Tubos y cables lo mantenían conectado a la vida.

Sentí que las piernas me flaqueaban mientras un dolor insoportable me retorcía el pecho.

Di un paso vacilante hacia él.

Las lágrimas ya nublaban mi vista.

Mi mano temblaba mientras la extendía hacia él, aunque fui incapaz de llegar a tocarlo.

—Liam...

Su nombre escapó de mis labios en un susurro apenas audible, como si pronunciarlo pudiera romper aquel hechizo y despertarlo de aquella pesadilla.

—¿Qué...?

Mi voz salió rota.

Casi inaudible.

—¿Qué le pasa?

La voz de Alexander siseó junto a mi oído.

—¿Quieres saber qué le pasa? Tú. Tú eres lo que le pasa. Si no hubieras desaparecido, quizá no estaría aquí acostado de esta manera.

Sus palabras fueron como una bofetada.

Escocían.

Cortaban.

Se clavaban profundamente.

Sentí que la ira se abría paso dentro de mí.

Ardiente.

Violenta.

Empujando con fuerza el dolor y la tristeza.

¿Cómo se atrevía?

—¿Yo soy la culpable? —Mi voz tembló mientras daba un paso atrás y cerraba las manos en puños—. ¡Fuiste tú quien me lo arrebató! ¡Tú fuiste quien me privó de ser su madre, de conocerlo, de amarlo! ¿Y ahora pretendes quedarte ahí de pie actuando como si toda la culpa fuera mía?

Él soltó una risa desdeñosa y cruzó los brazos.

—Ahórrame el drama, Raina. Si de verdad hubieras querido estar con él, no habrías huido a Dios sabe dónde con tu...

Hizo una pausa.

Su expresión volvió a endurecerse.

—...amante.

Me estremecí.

Aquella acusación dolió mucho más de lo que esperaba.

Quería gritar.

Decirle la verdad.

Obligarlo a comprender.

Pero sabía que sería inútil.

Ya había tomado una decisión hacía mucho tiempo.

El hombre que tenía delante ya no era aquel del que una vez me enamoré.

Era un desconocido.

Amargado.

Frío.

Cruel.

—Entonces... ¿qué quieres de mí? —pregunté, incapaz de evitar que la voz se me quebrara.

Me observó con aquella expresión dura e inflexible.

—Quiero que hagas lo que debiste hacer hace años.

Cumple con tu deber de madre.

Se acercó un paso más.

Sus ojos estaban oscuros.

Llenos de desprecio.

—Dona tu médula ósea para salvarlo.

Sus palabras sonaron como una orden.

Frías.

Despiadadas.

Sentí el peso de aquella exigencia cayendo sobre mí.

Pero aún más insoportable que la petición era su arrogancia.

Esperaba que simplemente obedeciera.

Sin hacer preguntas.

No podía creer lo que estaba escuchando.

Cada palabra era otra bofetada.

Otro recordatorio de lo poco que él pensaba de mí.

Era casi suficiente para romperme.

Casi.

Me enderecé.

Lo miré directamente a los ojos.

Mi voz salió firme.

Inquebrantable.

—No tienes ningún derecho a exigirme que cumpla con mis "deberes" de madre ahora.

Cada palabra estaba afilada por años de dolor.

—Fuiste tú quien me los arrebató. Así que no te atrevas a quedarte ahí acusándome de haberle fallado a mi hijo.

Me aferré al borde de la cama mientras luchaba contra el impulso de perder el control.

¿Cómo se atrevía a juzgarme como si no hubiera sido él quien me apartó de su vida con tanta facilidad?

Me volví hacia él.

Mi rostro permanecía sereno.

Pero por dentro estaba lejos de estar tranquila.

—Tú quisiste mantenerme lejos de él.

Hablé en voz baja, observando cómo algo cruzaba fugazmente por sus ojos.

¿Sorpresa?

¿Quizá culpa?

—Fuiste tú quien se aseguró de que desapareciera de su vida, Alexander.

Se quedó rígido.

Su máscara se resquebrajó por un instante.

Pero no esperé su respuesta.

No soportaba ni un segundo más de su arrogancia ni de aquella mirada cargada de desprecio que parecía perseguirme a todas partes.

Volví la vista hacia mi hijo.

Sentí el vacío de todos aquellos años.

La ausencia.

La impotencia.

Y una sola idea tomó forma en mi mente.

Nítida.

Afilada como el cristal.

¿Qué derecho tenía él a exigirme que cumpliera con mis deberes de madre cuando había sido él quien me los arrebató?

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