DOMINIC
Sentía la mirada de Alexander clavada en mí.
Pesada.
Cargada de algo que no lograba descifrar.
Mientras daba órdenes a mis hombres, apenas conseguía contener la rabia que hervía en mi interior.
—Encuéntrenlo. Rastreen su teléfono. No me importa si les lleva toda la noche.
Las palabras salieron frías.
Casi mecánicas.
Pero bajo aquella fachada, el pánico amenazaba con desbordarse.
Todo esto era culpa mía.
Debí haberla protegido mejor.
Unos minutos después, uno de mis hombres se acercó con