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Capítulo 5 ¿Así de ganas tienes de provocarme?
Patricia sacó una camisa limpia de la maleta, se la puso y echó un vistazo alrededor antes de caminar hacia el escritorio junto a la ventana.

Sobre la mesa estaba abierta la revista más reciente de tecnología automotriz.

En una esquina, varias pilas de libros gruesos, casi todos sobre mecánica y sistemas automotrices.

Incluso había algunos en inglés, llenos de anotaciones y marcas.

Debajo del cenicero, una hoja con un diseño automotriz dibujado a mano. Aún incompleto.

Dentro del Grupo López, Grupo Movilidad Dinámica era la subsidiaria más importante.

Patricia siempre había visto potencial en ese sector.

Cuando estudió en el extranjero, no eligió administración de empresas como Facundo, sino ingeniería automotriz.

Era su especialidad.

Ese diseño hecho por Alejandro... no tenía nada que envidiarle a los ingenieros con doctorado que trabajaban para ella.

Golpeó suavemente la hoja con los dedos, con una mirada de admiración.

—Alejandro... eres mejor de lo que imaginaba.

El talento de Facundo había sido moldeado a base de dinero desde pequeño.

Comparado con alguien como Alejandro, que se había hecho solo... la diferencia era evidente.

Convertirlo en el heredero de la familia López sería más fácil de lo que había pensado.

Dejó el diseño en su lugar y alzó la vista hacia el calendario en la pared.

16 de julio.

Faltaba un mes para la fecha en que originalmente se casaría con Facundo.

Antes de eso… haría lo que fuera necesario para conquistar a Alejandro y llevarlo de regreso a la familia López.

La boda del heredero de la familia López… la protagonista solo podía ser ella.

Guardó la ropa, se dio una ducha y se cambió.

Luego bajó al área del taller.

Además de Alejandro y Martín, había otros dos mecánicos.

Los fines de semana eran los días más movidos; todos estaban atareados.

Al ver que Martín llevaba a un cliente a pagar, Patricia se acercó y comenzó a ayudarle a Alejandro, pasándole herramientas.

Ulises, de quien había hablado Martín, era de la misma edad que Alejandro. Un cliente frecuente, aficionado a los carros y de familia adinerada.

Al escuchar que Martín llamaba a Patricia “jefa”, dio por hecho que era la novia de Alejandro.

La observó de arriba abajo, con evidente admiración.

—Alejandro, ¿es tu novia? Ni la presentas.

—No digas tonterías. Solo se va a quedar aquí unos días. No es nada mío.

Alejandro dejó el carburador que había desmontado sobre una manta.

—Está dañado. Hay que cambiarlo.

Patricia se inclinó y miró el código del carburador.

—PZ36. Voy al almacén por uno nuevo.

“¿También sabe de esto?”

Alejandro, agachado en el suelo, levantó la vista con sorpresa, mirando hacia el almacén.

Desde su ángulo, podía verla subida a una escalera, buscando la pieza en el estante.

Al alzar los brazos, la camisa negra se le levantó ligeramente, dejando al descubierto su cintura clara y delgada.

Una mujer impecable hasta en el más mínimo detalle... de pie entre estanterías metálicas llenas de polvo.

Como una rosa floreciendo entre ramas secas.

Era imposible no mirarla.

Ulises, apoyado en una columna, también la miraba fijamente.

Había estado con muchas mujeres, pero una como Patricia... no era algo que se viera todos los días.

—¿De verdad no es tu novia?

—No.

—¿Entonces puedo intentar ligármela?

Recordando el abrazo de antes, Alejandro sintió un leve ardor en el pecho.

Frunció el ceño y apartó la mirada.

—Si tienes ganas de morir, dilo de una vez.

Ulises se quedó sin palabras.

Patricia regresó con el carburador nuevo y se lo entregó a Alejandro.

Ulises cambió de actitud al instante.

Se levantó y le cedió la silla, con una deferencia evidente.

—Siéntese, por favor. Yo ayudo a Alejandro. No es para que usted se ensucie las manos.

Cuando Alejandro tomó el taller, gracias a su habilidad y precios justos, pronto le quitó clientes a la competencia.

Los talleres cercanos, molestos, trajeron a unos matones para intimidarlo.

Alejandro los hizo huir con una sola llave de tubo.

Uno de esos dueños tenía contactos, así que esa misma noche invitó a Agustín, el matón más famoso de la ciudad.

Pero Agustín, que entró con toda la arrogancia del mundo...

al ver a Alejandro, se le cayó el orgullo.

Bajó la cabeza y le ofreció un cigarro con respeto.

Desde entonces, Alejandro se convirtió en una leyenda en el mundo de los carros modificados.

Nadie sabía realmente de dónde venía.

Solo que era alguien con poder... en ambos lados.

Y con alguien así...

Ulises no se atrevía a meterse con su mujer.

Patricia notó el cambio en la actitud de Ulises.

Sonrió, sacó una bebida fría del refrigerador del taller y se la ofreció, iniciando conversación a propósito.

—¿A qué te dedicas?

—No seas tan formal —respondió él, halagado—. Mi papá se dedica a la joyería. Cuando quieras comprar algo, búscame.

—¿Ah, sí? Pásame tu WhatsApp... voy por mi celular.

Patricia se dio la vuelta.

Alejandro estiró el brazo y la detuvo, sosteniendo el cable del acelerador.

—Échame la mano. Sostenlo.

Patricia no lo tomó.

—Todavía no agrego a Ulises.

Alejandro le metió el cable en la mano, con tono firme.

—Te dije que lo sostengas. ¿Para qué tanto rollo?

Patricia bajó las pestañas, ocultando la sonrisa traviesa en sus ojos.

En la naturaleza, los machos compiten. Los hombres no eran distintos.

Ulises, con el celular en la mano, también lo percibió.

—No pasa nada. Alejandro tiene mi número. Cuando quieras, que me avise —dijo, retirándose—. Voy a fumar.

Salió al patio.

Alejandro se ajustó los guantes y miró de reojo a Patricia, con voz áspera.

—¿Sabes siquiera quién es? Y ya quieres agregarlo. Ten cuidado, no te vaya a dejar sin nada.

La estaba protegiendo.

Patricia sonrió.

—¿Estás celoso?

Alejandro, inclinado sobre el motor, siguió limpiando grasa. Su voz salió amortiguada.

—Fuera de este taller, me da igual lo que te pase. Pero aquí... sigues mis reglas.

Era pleno verano.

Aunque el portón estaba abierto y los ventiladores encendidos, el calor era sofocante.

Sobre la piel morena de Alejandro brillaba una fina capa de sudor.

En la frente y las cejas se formaban gotas.

Al ver que una de ellas estaba por caerle al ojo, Patricia extendió la mano izquierda y le limpió suavemente el extremo de la ceja.

—¿Y cuáles son tus reglas?

Estaban demasiado cerca.

El olor a gasolina se mezclaba con el perfume de ella.

Sus dedos eran suaves, casi etéreos... pero el exoesqueleto en su anular era frío y rígido.

Esa mezcla de sensaciones recorrió la piel de Alejandro como un roce leve... inquietante.

Él alzó el brazo y se frotó la ceja con fuerza.

—Si vuelves a provocarme sin importar el lugar... te saco de aquí.

Patricia no entendía.

Solo le había limpiado el sudor... ¿eso ya era provocar?

Su mirada descendió a su mandíbula tensa, cubierta de sudor.

Entonces lo comprendió.

Él la deseaba.

Esa noche, trabajaron hasta las ocho.

Los otros mecánicos se retiraron.

Martín regresó con la cena de un restaurante cercano.

Los tres comieron en el patio, con el ventilador girando a un lado.

Martín notó el exoesqueleto en el anular de Patricia y se acercó con curiosidad.

—¿Eso es un anillo o una especie de protección? Está increíble.

Patricia flexionó ligeramente el dedo.

—No es un anillo. Tengo daño en los nervios... solo puedo moverlo con esto.

Martín se rascó la cabeza, incómodo.

—Perdón... no sabía.

Apenas tenía dieciocho.

Bajo su apariencia rebelde, aún conservaba algo de inocencia.

Patricia sonrió.

—No pasa nada. Ya terminé. Subo a revisar unos correos.

Tomó su bebida y subió.

Martín, inquieto, le dio un codazo a Alejandro.

—¿No se enojó conmigo, verdad?

Alejandro dio una calada al cigarro y miró de reojo hacia las escaleras, antes de dar un trago a la cerveza.

—¿Para qué hablas de más?

—Luego dile que no fue mi intención...

Martín recogió la mesa y, con una sonrisa insinuante, añadió:

—Me voy al ciber. No los voy a molestar.

Salió, cerró el portón y se fue.

Alejandro aplastó la lata vacía y la lanzó al bote, subiendo después al cuarto.

Miró a Patricia, sentada frente al escritorio, concentrada en sus correos, y entró al baño.

Ella, mientras respondía mensajes, escuchaba el sonido del agua.

Cuando la puerta del baño se abrió, cerró la laptop y se levantó.

Alejandro salió en sandalias, con el torso desnudo y solo unos shorts negros.

El casquillo colgaba sobre su pecho.

Con una toalla, secaba su cabello aún mojado.

Las gotas de agua recorrían sus músculos definidos.

Se acercó, tomó el audífono de la mesa y se lo colocó en el oído izquierdo.

—La cama es tuya. No toques mis cosas.

Patricia levantó la mano y rozó la cicatriz en su costado.

—¿Cómo te hiciste esto?

Alejandro le sujetó la muñeca.

—No pongas las manos donde no debes.

—¿Ah, no? ¿Y lo de hoy? ¿Eso qué fue?

Patricia alzó el rostro, mirándolo directo.

—Somos adultos. No hace falta fingir.

Alejandro soltó una risa baja.

—¿Así de ganas tienes de provocarme?

Patricia bajó la mirada hacia su cintura, con intención clara.

—O... ¿será que no puedes?

Alejandro alzó la mano y la empujó.

Ella retrocedió y cayó sobre la cama.

La luz pareció oscurecerse un instante.

Alejandro se inclinó sobre ella, apoyando una mano junto a su cabeza.
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