Alejandro sintió la mirada de Patricia y alzó apenas los párpados.
Los ojos de ella estaban enrojecidos en las comisuras, cubiertos por una ligera capa de humedad.
—¿De verdad te afecta tanto algo así?
Con el pulgar, de yema áspera, le acarició suavemente el rabillo del ojo.
Luego, con la mano firme, le sostuvo el rostro con cuidado.
—No te preocupes. Yo voy a estar contigo en esto.
—¿Y si por esto pierdo mi trabajo?
—Consigues otro.
Patricia frunció el ceño. Su voz salió baja, suave.
—¿Y si no