El título de propiedad, casi tamaño carta, llevaba letras doradas en la portada.
Patricia lo abrió y señaló con la yema del dedo el apartado del propietario.
—Propietaria: Patricia Mireles. La dirección... léela tú mismo.
Alejandro miró de reojo la dirección.
Coincidía claramente con el terreno del taller.
Patricia cerró el documento.
—¿Ya lo viste? Ahora soy tu casera.
Alejandro no mostró reacción.
—Tengo un contrato de diez años con el dueño anterior. Aún faltan seis para que venza. Tengo derecho de uso.
Patricia alzó la mano derecha y, con el dedo índice, enganchó el cordón de cuero que colgaba de su cuello.
Al moverse, el casquillo que llevaba como colgante reflejó destellos bajo la luz.
—Déjame quedarme un mes. Te perdono un año de renta. ¿Qué dices?
Alejandro apartó su mano de un manotazo.
—Te quedan cinco minutos. Agarra tu maleta y lárgate.
Patricia le lanzó una mirada y pasó junto a él.
El vestido de seda se meció con su andar, rozándole la rodilla y la pantorrilla descubiertas, con una sensación suave y fresca, como una caricia fugaz.
A Alejandro se le tensó la garganta.
Salió del taller y tomó la lata de refresco que Martín había dejado sobre la mesa.
Abrió la lata y bebió más de la mitad de un trago.
Luego alzó la barbilla hacia el dueño del Mustang que seguía esperando, recuperando su tono despreocupado de siempre.
—La rótula de la dirección está un poco oxidada. Nada grave.
—Eres un crack —dijo el dueño, impresionado—. En la agencia le conectaron mil cosas y no dieron con nada. ¿Cuánto es?
—Fue solo apretar un tornillo y engrasar. No te cobro. La próxima vez regresa y me das chamba.
El hombre insistió en agradecerle, sacó dos cajetillas de cigarros y se las dejó antes de irse con sus amigos.
Alejandro se quitó los guantes y los aventó sobre la mesa. Sacó un cigarro, lo encendió y, mientras fumaba, miró de reojo hacia la escalera.
Patricia no se veía por ningún lado.
Terminó el cigarro... y seguía sin aparecer.
—¿De verdad cree que no me voy a atrever?
Aplastó la colilla en el cenicero y subió las escaleras con paso firme.
Para mantener el techo alto del taller, solo habían construido dos habitaciones en una estructura metálica lateral.
Una era la oficina. La otra, el cuarto de Alejandro.
Miró primero hacia la oficina. Vacía.
Se dirigió al dormitorio y empujó la puerta entreabierta.
Patricia estaba de espaldas, limpiándose con una toallita húmeda la mancha de grasa en el pecho.
La camisa azul, sucia, estaba tirada a un lado. En la parte superior solo llevaba el brasier.
Su cabello negro caía como seda hasta la cintura.
Entre la tela oscura y su piel clara, su figura se dibujaba con nitidez, delgada y definida.
Alejandro se detuvo.
Instintivamente quiso darse la vuelta, pero a medio movimiento se contuvo.
Apoyó la espalda en el marco de la puerta, cruzando los brazos.
—Te quedan dos minutos.
Patricia, al oír su voz, siguió limpiándose con calma.
Ella sabía que él la miraba.
Él también lo sabía.
Ninguno cedía.
Cuando terminó, tiró la toallita a la basura y se dio la vuelta sin prisa.
Había usado bikini muchas veces; comparado con eso, lo que llevaba puesto ahora era mucho más discreto.
—¿Te gusta lo que ves?
Alejandro no se movió.
Su mirada permaneció fija en su rostro, sin descender.
—Te queda un minuto.
—La grasa no sale bien así. Voy a darme una ducha.
Sacó una toalla de la maleta y caminó hacia el baño al fondo del cuarto.
Alejandro dio un paso dentro del cuarto, le sujetó la muñeca delgada y la jaló de vuelta.
—Ponte la ropa y vete por tu cuenta... o te saco yo.
Patricia sabía adaptarse. Si lo duro no funcionaba, tocaba suavizar.
Bajó la mirada y, cuando volvió a alzar el rostro, su tono dejó de ser firme. Ahora sonaba suave, casi suplicante.
—Facundo me corrió. No tengo a dónde ir... solo déjame quedarme unos días, ¿sí?
—Tienes para comprarte casa y andar en carro deportivo... ¿y no puedes pagar renta? —Alejandro soltó una risa burlona—. Si vas a hacerte la víctima, al menos inventa mejor la historia.
—El carro me lo regaló mi abuelo. La casa la compré con mis ahorros de estos años. Yo solo fui una estudiante becada por la familia López, no soy ninguna niña rica.
Patricia tomó el celular, lo desbloqueó y se lo ofreció.
—Si no me crees, revisa mi saldo.
Alejandro ni se inmutó.
—No me importa.
—Entonces me voy, ¿te parece?
Patricia aspiró por la nariz, arrastró la maleta y caminó hacia la puerta.
Parecía alterada, como si hubiera perdido el control, incluso olvidando que aún no estaba vestida.
—¡Jefe! ¿Dónde está?
La voz de Martín llegó desde afuera.
A dos pasos de la puerta, sintió que la muñeca se le tensaba.
Alejandro la jaló de regreso y la apretó contra su pecho.
El rostro de Patricia quedó pegado a su cuello.
Olor a tabaco, a gasolina... mezclado con el calor de un hombre adulto.
Patricia soltó la maleta, dejándola caer, y una sonrisa cruzó fugaz por sus ojos.
Lo había hecho a propósito.
Su oído era mejor que el de Alejandro. Él llevaba audífono por la pérdida auditiva en un oído.
Por eso ella había escuchado antes los pasos de Martín.
Apostó a que Alejandro no permitiría que saliera así, descompuesta.
Y ganó.
Le rodeó la cintura con ambos brazos, relajando el cuerpo, pegándose más a él.
La poca tela entre ambos apenas servía de barrera.
Alejandro contuvo la respiración. La nuez le subió y bajó sin control, pero no la apartó.
—La camioneta de Ulises está sacando humo negro por el escape, creo que el motor tiene carbón acumulado, baje a revis...
Martín llegó a la puerta y se quedó a media frase.
La diferencia de estatura entre ambos era evidente.
El cuerpo esbelto de Patricia quedaba completamente oculto tras Alejandro.
Solo se asomaba medio rostro sobre su hombro izquierdo.
Al cruzar miradas con Martín, Patricia bajó las pestañas y escondió el rostro en el cuello de Alejandro.
Como si la hubieran sorprendido en un momento íntimo.
Martín pensó: “Ni siquiera cierran la puerta... el jefe sí que no pierde tiempo.”
—¡¿Qué esperas?! ¡Baja! —gruñó Alejandro, con la voz ligeramente ronca.
—Sí... sigan, yo le digo a Ulises que deje el carro y luego lo ve —balbuceó Martín antes de salir corriendo.
Patricia seguía abrazándolo. Alzó el rostro desde su cuello.
Sus ojos estaban húmedos, con un leve enrojecimiento en las comisuras.
—Solo un mes... en lo que encuentro dónde vivir. ¿Sí?
Su voz temblaba, con un matiz de llanto contenido.
Alejandro la apartó, frunciendo el ceño.
—Una semana, máximo.
Patricia le sujetó el brazo, negociando con voz ronca.
—Tres semanas. En tres semanas me pagan.
—Dos semanas. Y no hay discusión.
Alejandro soltó su mano y salió del cuarto.
—Aquí todo el tiempo hay hombres entrando y saliendo. La próxima vez, cierra la puerta al cambiarte.
La puerta se cerró de golpe.
Patricia sacó un pañuelo y se secó la comisura de los ojos.
Hacía tiempo que no fingía llorar... casi no le salían las lágrimas.
“Voy a tener que practicar más. A Alejandro... lo blando sí le funciona.”