Inicio / Romance / Me dejaste, me casé con el verdadero heredero / Capítulo 6 Alzó la barbilla y lo besó
Capítulo 6 Alzó la barbilla y lo besó
La luz blanca del foco en el techo quedó bloqueada por Alejandro.

Se inclinó sobre ella.

El casquillo que colgaba de su cuello descendió y rozó el contorno de la oreja de Patricia.

Húmedo. Frío.

Pero el aliento que le rozaba el rostro ardía.

A Patricia se le tensó la garganta. Tragó saliva por instinto.

Con una postura dominante, medio arrodillado entre sus piernas, Alejandro entrecerró los ojos.

—¿No que eras muy valiente? ¿Ahora te dio miedo?

Su tono, relajado, llevaba un dejo de burla.

Si va a pasar, que pase. ¿Para qué tanto rodeo?

Patricia se apoyó en los codos, arqueó ligeramente el cuerpo y alzó el mentón para besarlo.

Él levantó la cabeza.

El beso quedó en el aire.

Patricia frunció el ceño, molesta.

—¿Qué pasa? ¿De verdad no puedes?

—No es que no pueda... es que no creo que aguantes.

Alejandro tomó el celular que había dejado en la cama antes de bañarse, dispuesto a levantarse.

Patricia rodeó su cuello con el brazo y, sin previo aviso, mordió su nuez.

El dolor le arrancó una maldición.

Alejandro le sujetó ambas muñecas y las presionó contra la cama, sobre su cabeza.

Sus dedos ásperos le alzaron la barbilla con fuerza.

—¿De verdad crees que por acostarte conmigo voy a seguirte a la familia López?

Patricia sostuvo su mirada, sin esquivar.

—Me gustas. Eso no tiene nada que ver.

Alejandro la soltó y se incorporó con agilidad.

—Puras tonterías. Y cierra la puerta. Esto no es la ciudad, aquí hay ratas y alimañas.

La puerta se cerró.

Alejandro era duro, frío y testarudo.

Difícil de doblar.

Patricia se incorporó, se quitó el exoesqueleto del anular izquierdo, que no podía mojarse, y entró al baño con una toalla.

Al otro lado de la pared, Alejandro se sentó en la silla con el ceño fruncido, estiró las piernas sobre el escritorio y abrió el libro de mecánica que había dejado a medias.

Sus ojos estaban en los diagramas, pero su mente no.

La pared entre oficina y dormitorio apenas aislaba el sonido.

El agua corriendo en la ducha llegaba con claridad.

Y en su cabeza, sin querer, reapareció la imagen de Patricia cambiándose.

Ese cabello largo y esa cintura que cabía en una mano.

Cerró el libro de golpe y lo dejó sobre la mesa.

Tomó un cigarro y bajó las escaleras.

Encendió uno en el patio y se frotó la nuez con los dedos.

Aún se sentía la mordida.

Ella sí que había apretado.

Su rostro volvió a aparecer en su mente, esos ojos provocadores, los labios tensos por la contención.

—Maldita sea.

Abrió la manguera de alta presión y empezó a lavar.

A medianoche, Martín regresó del cibercafé.

Abrió la puerta con cuidado y metió su moto eléctrica.

En el patio, todos los carros brillaban como nuevos.

Alejandro, con un cigarro en la boca, sostenía la manguera, rodeado de agua.

Martín parpadeó.

¿Lavando carros a esta hora?

Miró hacia el segundo piso. La habitación estaba a oscuras.

Se acercó con curiosidad.

—¿A poco Patricia te corrió del cuarto?

Alejandro levantó la manguera y le lanzó un chorro directo.

—Vuelve a decir su nombre y te dejo lleno de agujeros.

***

A la mañana siguiente, Patricia despertó con la alarma del celular.

En la pantalla aparecía el recordatorio que había programado: prueba de vestido.

Se arregló con rapidez, maquillaje ligero.

Se puso ropa para salir y bajó con el bolso en la mano.

Los mecánicos desayunaban en la mesa, conversando.

Alejandro, recargado en la caja, daba instrucciones a Martín.

Camiseta negra, pantalón de trabajo camuflado. En los dedos, aún con guantes, giraba un llavero.

—Voy a la ciudad. En un rato llegan unas piezas. Antes de firmar, revisa que no estén dañadas.

Patricia aceleró el paso por las escaleras.

—Yo también voy al centro. Llévame.

El retrovisor del Maserati aún no estaba instalado; manejarlo así era incómodo.

Además, era la oportunidad perfecta para comprarle un traje a Alejandro.

Después de todo, era el heredero de la familia López.

Y ni siquiera tenía un traje en su clóset.

Alejandro no respondió.

Con las llaves girando entre los dedos, caminó hasta la entrada del taller y se montó en la motocicleta negra.

Con la pierna larga apoyada en el suelo, levantó la pata lateral con un movimiento ágil.

—Con falda no puedes subirte.

Patricia caminó hacia él con sus tacones y, sin titubear, montó detrás.

—Es falda-pantalón.

Las bromas entre ambos hicieron que Martín y los otros mecánicos soltaran una carcajada.

Alejandro tomó el casco colgado en el manubrio y le lanzó una mirada a Martín.

—¿Está tonta y tú también? ¡El casco!

Martín, riendo, corrió por un casco extra y se lo dio a Patricia.

—El jefe maneja rápido. Agárrese bien.

Patricia se puso el casco y rodeó la cintura de Alejandro con ambos brazos, abrazándolo con firmeza.

Una suavidad cálida se apoyó contra su espalda.

Alejandro, fastidiado, preguntó:

—¿A dónde?

Patricia le dijo la dirección de la tienda de vestidos.

Bajó la visera, encendió la moto y aceleró.

La motocicleta negra salió disparada del taller.

Un trayecto que normalmente tomaba cincuenta minutos en carro. Él lo hizo en menos de treinta.

Se detuvieron en el estacionamiento del centro comercial.

Patricia bajó, se quitó el casco y acomodó su cabello.

—Entra conmigo.

—No tengo tiempo.

Alejandro encendió la moto para irse.

Patricia, rápida, sacó la llave y, sin dudar, la deslizó dentro de su escote.

—O entras conmigo o la sacas tú.

Alejandro bajó de la moto de un salto, la atrajo hacia sí y le sujetó la cintura con fuerza.

—¿Quieres que te arranque la ropa?

—Si no te importa que todos vean a tu mujer, adelante.

Patricia alzó los brazos, completamente tranquila.

A su alrededor, la gente pasaba y volteaba a verlos.

Al notar las miradas sobre la cintura descubierta de Patricia, Alejandro tiró de su blusa hacia abajo.

Miró la hora, se quitó el casco y los dejó asegurados en la moto.

—Máximo cuarenta minutos. De verdad tengo cosas que hacer.

Patricia se inclinó y le dio un beso en la mejilla, jalándolo del brazo.

—Vamos.

—No me estés jalando.

Alejandro se soltó, frotándose la mejilla con desagrado, y entró al centro comercial con el ceño fruncido.

Subieron en elevador hasta el piso dieciséis, donde estaba la boutique de vestidos.

Patricia dio su nombre y una recepcionista los condujo a una sala privada.

—Por favor, esperen un momento. Traeré su vestido para la prueba.

—Gracias —respondió Patricia, mirando a Alejandro, que estaba recargado junto a la ventana—. También quiero mandar a hacer unos trajes para caballero. ¿Podrían tomarle medidas?

La recepcionista regresó con un asistente, que se acercó con libreta y cinta métrica.

—Señor, si puede ponerse de pie, por favor.

Alejandro alzó la mano y detuvo al asistente, mirando a Patricia con molestia.

—¿Me estás tomando el pelo?

Patricia sacó su cartera y se la entregó.

Dentro, en el compartimento transparente, había una foto.

En ella, una Patricia adolescente sonreía, abrazada a un hombre alto con uniforme militar.

—¿Quién es?

—Mi papá.

La voz de Alejandro bajó un tono.

—¿Qué le pasó?

—Murió en una misión de rescate hace más de diez años.

Patricia tomó la cartera de vuelta y rozó la imagen con los dedos.

Al alzar la mirada, sus ojos estaban ligeramente enrojecidos.

—Este año le tocaría su aniversario. Quiero hacerle un traje. Ustedes dos tienen complexión similar.

Alejandro no dijo nada más.

Se puso recto y levantó los brazos, dejando que le tomaran medidas.

—Señorita Patricia, acompáñeme a elegir la tela y el diseño.

La recepcionista la llevó a la zona de exhibición.

Patricia eligió una tela para el traje de su padre.

Luego escogió otras dos para Alejandro.

Un hombre, especialmente uno como él, necesitaba trajes.

En ese mundo, la apariencia también hablaba.

Cuando regresara con la familia López, tenía que verse como debía.

Sabía que Alejandro no aceptaría fácilmente, así que usó a su padre como pretexto.

—Este es el vestido que aparté. ¿Te gusta?

La voz, familiar, llegó desde atrás.

Patricia, con las muestras en la mano, se dio la vuelta.
Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP