Tras observar el entorno, Alejandro cruzó la franja de áreas verdes.
Llevó a Patricia a una zona apartada del parque junto al río y la sentó en una banca, bajo la sombra de un árbol.
Se arrodilló sobre una rodilla, tomó su pie cubierto de polvo y lo colocó sobre la suya.
Con la yema de los dedos, áspera por los callos, recorrió con cuidado la articulación.
—¿Te duele?
Patricia negó con la cabeza.
Sus dedos subieron, presionando el músculo.
Patricia soltó un quejido.
—No es nada grave. No parece