Mundo ficciónIniciar sesión5 años después…
Después de cinco años sin mi hija, aún estaba allí, sentada en la cama, mirando la ropita que le había comprado con tanto amor. Gran parte de ella ya la había donado, pero decidí quedarme con algunas prendas; así podía, aunque fuera por un segundo, sentir que ella estaba cerca de mí. –¡Júlia!– oí golpes en la puerta principal y reconocí por la voz y por la hora quién era. Era Joaquim, el hombre que me había ayudado a llegar al hospital aquella noche, que me llevó del hospital a casa cuando perdí a mi bebé y que se encargó del entierro de mi hija. Se había convertido en un hermano para mí y, como siempre, todas las mañanas venía a mi casa para verme. Era un hábito que había desarrollado durante la época en que perdí a mi hija y caí en depresión: no salía de casa, no comía, solo me quedaba acostada en la cama abrazando la ropita que le había comprado y que ella nunca llegó a usar. Abrí la puerta y allí estaba él, con su sonrisa amplia y habitual en el rostro, y una cesta con productos de su rancho: frutas, leche, queso, pan, etc. –¡Buenos días! Traje el desayuno– saludó alegremente. Le dediqué una leve sonrisa. –Buenos días, Joaquim, ya te dije que no hace falta que te molestes en traer comida todos los días– respondí, recibiendo la cesta y entrando en la pequeña casa de mi difunta abuela. Él entró detrás de mí. –Claro que hace falta. Sigues muy flaca, así que no voy a dejar de traer comida hasta que estés bien gordita– Los dos sonreímos y enseguida fui a preparar el café. Desayunamos juntos, conversando sobre cosas comunes del pueblo. Luego salimos y, como siempre, insistió en llevarme en su camioneta hasta el trabajo. Él era el hijo mayor del dueño del rancho, un típico solterón de buen corazón que ayudaba a todos. Tuve suerte de conocerlo, porque si no hubiera sido por él en aquella época, probablemente ya habría hecho alguna locura contra mi vida. –¡Paso a buscarte a la salida!– gritó Joaquim cuando me alejé del auto para entrar por el portón. –¡Ya te dije que no hace falta que gastes tu tiempo en eso!– respondí. –¡No era una pregunta!– replicó, arrancando mientras yo sonreía al ver la camioneta alejarse. Entré por el portón del refugio y centro de acogida infantil donde trabajaba desde hacía cuatro años. Joaquim me había llevado a ese lugar cuando me estaba recuperando de la pérdida de mi hija, y ver a tantos niños abandonados o con madres sin condiciones para criarlos fue uno de los pilares que me ayudó a levantarme. Yo ya no podía cuidar de mi hija, pero podía cuidar de muchos otros niños sin el calor materno. Así que empecé a quedarme allí desde la mañana hasta el anochecer, e incluso hacía turnos nocturnos, porque prefería estar rodeada de aquellos angelitos antes que volver a mi casa fría. –¡¡¡Tía Júlia!!!– un grupo de niños corrió hacia mí y mi rostro se llenó de una sonrisa cálida mientras me agachaba para recibir los muchos abrazos y besitos de aquellas criaturas tan lindas. –Tía Júlia, hice un dibujo para ti, mira– dijo Ana, una niña de cuatro años que había sido abandonada siendo un bebé. –¿Esta soy yo? ¡Qué hermoso está, mi amor!– respondí, recibiendo el dibujo. –Tía Júlia, ¡ya hice toda mi tarea!– dijo Mario, el niño de siete años que había sido retirado de sus padres abusivos. –¿Ah, sí? Espero que la hayas hecho bien– –Tía Júlia, mira, se me cayó un diente– dijo María, la niña de seis años que había sido dejada allí por su madre, que no tenía condiciones, pero aun así venía a visitarla de vez en cuando. –Mira, tenemos aquí un gran huequito, pero no te preocupes, pronto va a crecer otro– Les respondí sonriendo y atendí a los demás. –Júlia, ¿puedes venir a mi oficina?– preguntó la directora del centro al acercarse. –Niños, vayan al aula, ahora voy con ustedes. ¡Hoy tendremos clase de arte!– –¡¡¡SÍÍÍ!!!– celebraron los niños y salieron corriendo hacia el aula. –¡No corran!– los advertí, aun sabiendo que era en vano. –Ellos te quieren mucho– dijo la directora sonriendo. –Y yo los amo a ellos. Prácticamente me salvaron la vida– –Lo sé, y justamente por eso pensé que tú serías la persona perfecta– dijo ella con entusiasmo. –¿Perfecta para qué?– pregunté, confundida. –Ven– La seguí hasta su oficina y nos sentamos. Colocó su tablet frente a mí con una gran sonrisa. Confundida, tomé la tablet y vi que era un correo electrónico: "Anuncio: Se busca niñera para cuidar a la hija de la familia Almonte. Requisitos: …" No pude leer nada más después de ver aquel nombre que hizo que mi corazón se acelerara. "Familia Almonte." Mis manos comenzaron a temblar y levanté la mirada hacia la directora. –¿Q-qué… qué familia Almonte?– –La única familia Almonte conocida en el país. Todos los centros como el nuestro recibieron este correo porque quieren a alguien de confianza y que realmente sepa tratar con niños. Y en eso, no hay nadie mejor que tú. Así que envíame tus documentos y tu currículum, que yo se los enviaré enseguida y…– Me levanté bruscamente de la silla, visiblemente nerviosa. –¿Qué pasó? ¿Algún problema? ¿Te sientes mal?– preguntó ella preocupada. –Y-yo… necesito ir al baño– salí de la oficina casi corriendo, dejándola aún más preocupada. Llegué al baño y abrí el grifo, arrojándome agua en el rostro. "Almonte, Leonardo Almonte, hija, niñera." Esas palabras no dejaban de pasar por mi cabeza. Él tenía una hija, mientras yo me había quedado con los brazos vacíos después de perder a la mía. Él siguió criando a su hija y viviendo una vida feliz, la vida que mi hija nunca pudo tener por culpa de él. Clavé mis uñas en el lavabo con rabia, esa rabia que había guardado durante todos aquellos años. Miré mi reflejo en el espejo y recordé la promesa que había hecho cinco años atrás en la tumba de mi hija. Esa era la oportunidad perfecta para vengar su muerte y darle el descanso que su alma merecía. Me sequé el rostro y salí del baño decidida. Golpeé la puerta de la oficina de la directora y entré tras su autorización. –Júlia, ¿estás bien? Me preocupé, ¿te sientes mal?– preguntó. –Estoy bien– respondí, forzando una sonrisa. –Acepto la propuesta. Voy a trabajar como niñera de la hija de los Almonte– Dije con firmeza, ocultando mi odio y mi deseo de venganza bajo esa sonrisa. "Leonardo, te olvidaste de nuestra hija durante estos cinco años. Pero me aseguraré de que jamás vuelvas a olvidarla. Voy a acabar con tu vida y con tu familia perfecta. ¡Lo juro en nombre de mi hija!"






