Al cruzar los portones de aquella inmensa propiedad, me encontré con una escena completamente inusual y muy distinta de lo que esperaba.
Todo estaba caótico.
Había empleados caminando de un lado a otro, con los rostros deformados por la ansiedad, moviéndose en direcciones opuestas como si buscaran desesperadamente algo precioso.
— ¡Dália! — escuché a alguien llamar con un tono agudo, casi suplicante.
— ¡Señorita Dália! ¿Dónde está? — gritó otra voz desde el fondo.
— ¡Niña Dália! ¡Aparezca,